27 abril 2016

Relato tributo a Ylla, de Ray Bradbury (por Jorge Lacuadra)



Lluvia suave
 
“-Has soñado otra vez -dijo el señor K-.”


Lo sabe, y lo entiende por fin ahora. Que toda su historia se puede condensar en un punto, en un instante. Una luz nítida que arrastra el tiempo hacia el presente, la llama que retorna hacia la fría antorcha, la arena que remonta el ápice abierto, la flor que vuelve a ser capullo hermético. Lo comprende perfectamente ahora, el capitán Nathaniel York, al ver la máscara de plata a pocos pasos de tu sombra.
Y recuerda de pronto, el invierno en Ohio y el reflejo de la nieve entre los pinos silenciosos. Los días en que el sol solo era un globo velado colgado de un cielo de color humo. Las largas horas de entrenamiento en la Base, junto a su amigo Bart. Soportando el frío, las noches de insomnio, los exhaustivos exámenes y los períodos de falso sueño. Recuerda haber practicado mil veces el preciso descenso de la nave, sin saber que tan extraño sería aquel lugar.
La valentía tonta de ser los primeros.
La Primera Expedición a Marte.
Casi no recuerda el lanzamiento. Salvo que el invierno se trasformó en verano. Y luego los meses en sueño.
Al principio pensó que era por culpa el agotamiento, la tensión de la partida, el síndrome del cohete. Es casi seguro que las visiones comenzaron tres meses después de despedirse de la vieja Tierra, mientras la preciosa cuenta azul se empequeñecía tras las ventanillas de grueso cristal de la nave.
Formas y colores que interrumpían sin permiso la oscuridad de su sueño y sacudían sus entumecidas emociones. Y no le era posible comunicarle a Bart, lo que era solo un germen en su mente.
Lo primero que vio fueron unas estructuras abiertas, varias columnas con capiteles extraños y unos muros de cristal.
El lugar estaba abierto a un valle desértico, un campo de dunas y sin embargo muy cuidado. Por algún motivo tenía la sensación de que a pesar de las ventanas y los amplios patios soleados, el recinto parecía una prisión, tal vez, para alguien, o algo. Una lluvia suave y aromática descendía desde los capiteles. Había muy pocos muebles, unos pocos libros extraños. Una mano delicada, que él sabía no era suya, se acercaba a las paredes de cristal y tomaba un objeto que semejaba un fruto de color dorado.
Siempre despertaba antes de ver al poseedor de aquella mano. Los controles del cohete requerían su atención en la ya cercana aproximación al planeta Marte, al acabarse el tiempo de vuelo automático. Por las ventanillas el rojo disco se dilataba minuto a minuto y de vez en cuando alcanzaba a observar el tránsito de una de sus lunas, le parecía que, con apenas extender una mano, podría tocarla. Luego volvía al sueño inducido por otro día más.
Eran días lentos y silenciosos.
Durante el siguiente sueño lo invadió una sensación de fastidio y de resignación que no supo explicarse a sí mismo. Entonces Nathaniel se agitó inquieto en su litera anatómica y cruzó una mano sobre su pecho, por sobre los cables y acoples de sustentación. Entre las paredes de cristal vio a la mujer de piel parda y cabellos rojizos que caminaba y miraba hacia las orillas de un enorme mar seco e inmóvil. Vio sus hermosos ojos rasgados de pupilas amarillas, los vio llenos de algo que en la Tierra llamaría hastío o rutina.
Había en ellos la nostalgia que solo se aprecia en los años transcurridos, el desgaste de las esperanzas.
Quería comunicarse con ella. En su cabeza se formaron las palabras, le dijo: "Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York..." y observó el rubor en sus mejillas claras. Le quería explicar su propósito, su destino, solo pudo mencionar la soledad de ese primer viaje, de esa primera expedición. Solo recordaba una canción en ese momento,        una vieja canción de amor. Le cantó entonces sobre las miradas, sobre el compromiso de ofrecerse mutuamente, sobre una copa llena de besos sobre la que ya no derramarías vino.
No pudo ver que cerca de ella, alrededor de ella, había una sombra.
La habitaba un fantasma también de arena.
Ese fantasma interceptaba su sueño. Hacía que se revolviera inquieto y angustiado. Quería destruir su ilusión. Vio de pronto unos pájaros de fuego volando bajo las dos lunas de Marte arrastrando con cintas verdes una barquilla exótica. Los pájaros lo alejaban de la mujer. Vio la palidez de hueso del desierto, las colinas azules allende a las ciudades muertas, los viejos canales aún teñidos de verde. Los deltas secos como garras petrificadas.
Comenzó a enamorarse, lo supo, cuando con un movimiento delicado como el vuelo de una libélula, ella colocó entorno a su delgado cuello una bufanda de neblina azul. Imaginó de pronto que lo envolvía su perfume vaporoso.
Los mecanismos del cohete le anunciaron que ese sería el último día de viaje. Sin embargo, el capitán Nathaniel York, solo quería dormir.
Regresar a su sueño.
Aún entre el chasquido de los propulsores y la vibración de los controles.
Vio el cuerpo de la mujer suspendido entre el suelo y un techo de cristal, flotando imposible en una bruma blanquecina. Ella navegaba en un mar fósil de anhelos. Cuando despertó (de ese sueño dentro de un sueño) él le habló, le transmitió sus palabras, le hizo bromas en un idioma inverosímil. Luego le dijo que era hermosa y observo la turbación que en ella causaba ese susurro. Su deseo de besarla se hizo tangible, creyó entrever la excitación en sus finos labios. La besó aun sabiendo que una sombra que no podía definir también velaba sus sueños.
Le prometió que la llevaría en la nave, que le mostraría el planeta azul.
De pronto ella comenzó a mostrarse diferente, nerviosa, distraída en otras urgentes prioridades. Él lo supo por el cambio de colores en su visión, como el cambio de colores frente a una tormenta. Había cosas que ya no podía ver. Sintió su pensamiento dividido, su temor creciente y también un cambio de actitud. De rechazo para también protegerlo.
En su cabeza tomó forma una alerta, un grito.
Una voz dura que no era la de ella dijo: “¿Dónde va a descender su maldita nave?” y luego la confirmación de lo que solo él sabía “-¿En el valle Verde, no es así?”
Por la tarde.
El cohete desciende. Llegaron.
Sienten el alivio de haber dejado atrás tantos peligros, tanto espacio negro. Nathaniel y su amigo Bart acomodan sus uniformes, eliminan las arrugas del viaje. Se sienten satisfechos, eufóricos. Son los primeros hombres en Marte. El esfuerzo y los sueños quedan atrás y es el comienzo de las cosas prácticas y los protocolos.
Abren las escotillas y el primero en salir es el capitán Nathaniel York. La vista del verde valle despierta en su cabeza un sentimiento dormido. Quizás recuerda la Tierra, si no fuera todo desierto y colores saturados de polvo y olvido. Si a lo lejos no yaciera ese canal seco y más allá la colina azul.
Desciende por la escalera y posa un pie en la arena.
No lo nota al principio, pero luego se da cuenta que ha comenzado a cantar. Una vieja canción de la Tierra que habla de dulces miradas y de vinos. El aire es sofocante como en los momentos de espera antes de una tormenta.
Pero no hay tormenta.
Y de pronto comprende.
Lo ve a él de pie a unos pasos de la nave. Su pequeño cuerpo pardo, su máscara de plata que oculta las facciones ondulantes. Ve el arma larga y los fuelles, el zumbido terrible que emiten los fuelles. El dorado veneno.
Lo que la máscara no muestra lo insinúa el cuerpo. La tensión, los celos.
Nathaniel intenta rebuscar en su cabeza el recuerdo de ella, su voz, que en sus sueños sonaba musical y deseable. Busca la lluvia suave de los capiteles en la tarde y presiente que ella está cerca. Pero solo lo asiste el silencio.
Lo entiende todo, por fin lo entiende.
Escucha un ruido terrible, un aullido de insectos.
Y los aguijones que se clavan en la carne. Nathaniel está muerto antes del segundo disparo.
A lo lejos una mujer llora porque ha olvidado una canción.
A orillas de un mar seco.


Escritora invitada: Mónica Russomanno



PROTOCOLO DE PROGRESO


La llegada a ese planeta fue como siempre, primero la observación desde lejos, la preparación del informe, la espera de las evaluaciones, toda la burocracia que se pone en marcha en cada ocasión en que contactamos un ambiente propicio para la vida.
Hemos descubierto bastantes planetas habitados a lo largo de los siglos, pocos con vida y un escasísimo número de civilizaciones. Por esto es que no fue indiferente la noticia de que en éste no solamente hay vida inteligente sino organizada.
La primera observación fue que los seres inteligentes se encontraban en todo el planeta en el mismo estadio de evolución, compartían una cultura común y no se observaban conflictos en ninguna de las regiones. La homogeneidad era lo más destacado y sorprendente, algo que hasta ahora no tiene paralelo en ningún otro de los planetas conocidos.
Antes de realizar contacto y siguiendo el protocolo se fue elaborando un informe completo en todos los aspectos, desde la conformación mineral y geológica del planeta a una detallada y enciclopédica descripción de fauna y vegetación, dejando para la culminación el estudio de los seres inteligentes con su lenguaje, arte, historia, saberes de todo tipo.
Es en esta etapa final en la que fui enviado para hacer contacto.
Estuve orbitando un largo tiempo mientras me familiarizaba con vocablos, pronunciación y gestos. Fui escogido entre otras causas debido a que mi raza es la más parecida a esta. Soy un poco más oscuro y la distancia entre los ojos es diferente, pero en general puedo pasar por uno de ellos que hubiese tenido alguna deformación de nacimiento.
Cuando bajé a la superficie escogí una zona que para ellos es fría pero que para mi percepción de la temperatura es la más benigna, y con suplementos médicos logré compensar el oxígeno.
A los primeros días los pasé en una zona rural, aclimatándome y acostumbrando mis músculos a la gravedad. Ya conocía bastante bien sus costumbres y llevo por supuesto un sistema de ordenador incorporado que me proporciona la información que pueda requerir.
El primer contacto en la campiña fue con un hombre que pasó llevando leña y me miró con el rabillo del ojo, como se observa disimuladamente a los minusválidos o a los seres de otra raza. Nos saludamos cortésmente y me dirigí al poblado.
La evolución de estas gentes se encontraba en el estadio de vida campesina, con granjas y pequeños pueblos donde se agrupaban los artesanos y se realizaba la actividad política. No había ciudades ni un centro mundial, sólo poblados rodeados de establecimientos rurales, y la misma extendida cultura. Lo más inexplicable es que esta etapa de su civilización abarcase todo el planeta, y durase milenios.
Nuestras investigaciones previas habían demostrado que la cultura única se había formado hacía miles de años (tiempo terrestre) y desde entonces no había sufrido ningún cambio significativo. Esto era intrigante, ya que no habíamos hallado algo similar en ninguna galaxia.
Me presenté en el pueblo en un comercio de insumos, saludé al dueño en la forma ceremonial y le pregunté si había trabajo para un hombre saludable. Se conmocionó visiblemente, y con muestras de respeto inquirió el porqué de mi necesidad de trabajo, el porqué de mi soledad, como quien sabe que responder será doloroso, y ya excusándose con el gesto.
Le mentí un incendio en la granja de mis padres y expuse la historia ya preparada para integrarme en la comunidad.
La enorme pena que le provocó el que yo hubiese quedado solo me conmovió. Son unos seres muy emotivos y para ellos, profundamente gregarios, la desgracia que se había abatido sobre mí era inimaginable.
Me mostré afectado. Atento a mis sentimientos, no me interrogó más y me indicó una granja donde podrían adoptarme.
Puede parecer inútil, pero estas observaciones de campo son parte del protocolo de acercamiento a las civilizaciones descubiertas. Es posible que este paso se obvie en el futuro, pues algunos sociólogos han muerto o sufrido violencia en algunas misiones, y los científicos últimamente no tienen demasiado en cuenta nuestros relatos, pero yo disfruté de ser el primero en pisar suelo virgen.
Después de llegar a la granja y llamar a la puerta hube de esperar a ser atendido por el padre. La organización es familiar con una cabeza masculina que funciona como consejero, patrón, educador y sacerdote de dioses lares. A veces conviven dos o más familias, pero el varón principal es el mayor en edad y toma a su cargo a los hermanos con sus hembras y sus hijos.
En esta granja había solamente un grupo familiar, por lo que contaban con habitaciones vacías y la posibilidad de acoger otro integrante.
Desde el primer momento me trataron como uno más. Tuve mi lugar en la mesa, me proporcionaron algunos vestidos evidentemente confeccionados por ellos mismos, pusieron elementos de limpieza a mi alcance.
La vida era perfectamente planificada desde el amanecer al anochecer según las necesidades del trabajo, que estaba distribuido con justicia entre todos los integrantes de la familia. No había peleas, nadie se quejaba, los niños aprendían de los mayores todo lo necesario para la vida cotidiana. Mi personalidad me ha hecho participar de algunas riñas en mi juventud, pero el mecanismo vital de estos seres limaba cualquier aspereza que pudiese dar lugar a una disputa.
No habían tenido guerras desde miles de años atrás, la misma palabra “guerra” no existe aunque puede evocarse el significado al referirse a la quita de malezas, a la limpieza de ciertos parásitos que anidan en los techos y circunstancias de ese tipo.
Anoté las peculiaridades de su cultura, que se van revelando en la convivencia. En líneas generales todo era conocido por el estudio previo, pero mi visión proporcionaba un registro para el futuro de situaciones vitales aún sin influencia de otra cultura como la nuestra.
Estos seres eran vegetarianos, aunque poseen colmillos que evidencian un remoto pasado en el que fueron carnívoros. Buena señal, pues tenemos mucha existencia de ganado pasible de ser comercializada. Su medicina es muy rudimentaria, y nosotros somos productores de un amplio abanico de medicamentos. Utilizan metal pero los yacimientos son casi vírgenes. En suma, era un mercado inexplorado con gran potencial de intercambio.

Yo pertenezco al planeta tierra, donde mi especie inteligente en pleno estadio de formación logró exterminar a otros homínidos que pudiesen presentar batalla por territorio o alimentos. Poseemos una violencia que logró acortar considerablemente las etapas evolutivas, de sociedades primitivas como la de este planeta a una economía feroz de aprovechamiento extenso de recursos. Como en otros planetas, hubo un apocalipsis de guerras internas que acabó con la mayoría de las especies animales y vegetales, dejando relativamente pocos habitantes, un gran nivel tecnológico y la puerta abierta a ser contactados por otra especie inteligente para iniciar el comercio interestelar.

Mientras compartía la mesa de la granja con individuos serenos y afectuosos, imaginaba mi próximo trabajo, consistente en sembrar la semilla de la evolución social. Sería relativamente sencillo pero dadas las condiciones la germinación seguramente tomará más tiempo del estándar.
Según las características de cada especie tenemos diversos protocolos. Aquí la estabilidad se encuentra fundada en la homogeneidad de la cultura, la inexistencia de una religión dependiente de poderes centrales, la atomización de las sociedades en aldeas regidas por una democracia real, la naturaleza pacífica de los individuos. En suma, la absoluta falta de competencia que actúe de movilizador de la historia. Como en algunas antiguas sociedades de mi planeta, carecían de la noción de progreso adhiriendo a un pensamiento cíclico y circular ligado a las estaciones y las cosechas.
Tuve unos días de trabajo quitando malezas, algunas pequeñas felicidades en charlas breves e inocentes con criaturas atávicas, me distraje observando horizontes limpios y un cielo carente de tóxicos, puro y dilatado.
Uno se ablanda un poco y se suele sentir el impulso de dejar el planeta intocado y testigo de una era de la ingenuidad, pero tengo detrás toda una organización de la cual soy apenas una minúscula partícula, y mi plan de acción fue prefigurado de antemano.
Podía introducir la cápsula de veneno de muchas formas. En un equilibrio aparentemente tan firme un solo cambio inclina el plano y todo comienza a rodar y a entrechocarse.
Habría que provocar ese desequilibrio, y ello era posible introduciendo el concepto de progreso, avance con respecto a otros, superación de otras comunidades, recelo por estos otros, envidia de las condiciones distintas y mejores de esos otros, lucha por la consecución de esos bienes o forma de vida envidiable.

Tomé la comunidad que me acogió, les revelé que yo soy de otro planeta y les aseguré que mejoraría su existencia con conocimientos insospechados. En poco tiempo los convencí con algunos prototipos para encantar ingenuos, para lo cual debieron aprender a utilizar algunas herramientas, y para hacer esas herramientas debieron buscar materiales en otras regiones. Esos materiales, como minerales, se encontraban debajo de los cultivos de otras comunidades, por lo que debieron comerciar con ellos, compartir saberes, especializarse.
Sé que pronto surgirán las disputas por el precio de materiales, cosechas, saberes. Habrá escaramuzas, luego guerras, y en unos cuantos siglos el paisaje estará devastado, y las condiciones serán las adecuadas para entrar en el comercio intergaláctico. Los que queden ya no serán ingenuos y tendrán el anhelo de progresar infinitamente.

Miro el campo que ondula en pastizales, respiro el aire puro. Me llevo una imagen preapocalíptica, suspiro y vuelvo a mi nave.



Mónica Russomanno, argentina, escritora editada en diarios (La Nación, El Litoral), en antologías y en la colección "Bienes culturales" de ATE. Realizó guiones de videos y se desempeña como jurado en concursos de cuento (SADE, El Puente)

26 julio 2014

Versión adulta del poema para Ismael: Gatos en la tarde (de la incomodidad de los silencios)

Soledad de gatos sin bigotes,
en el silencio rojo de la tarde.
Susurros de pequeñas ramas,
de árboles gigantes y callados.

            A mi derecha, una ventana de cristales limpios me dejaba entrever una pared de suave terminación, algo así como un viejo abanico japonés, una superficie manchada ex profeso en tonos verdes, anaranjados y ceniza. Escarbando en mi memoria me recordaba a un recodo del Viejo Río Amarillo, un tramo turbulento captado por un antiguo artista en donde solo se apreciaban los altos barrancos y las erosionadas piedras rechazando la espuma de unas olas sucias y pluviales. En un rincón de la escena, unos palisandros en flor y debajo de ellos un despeinado gato amarronado. Mi mirada se perdía en la escena recreada mientras el tiempo se me consumía en ese Cyber-Café, tenía tantas cosas que decirte y solo conseguía posar la mirada en una ventana, tenía tanto que aclararte y solo imaginaba gatos en la tarde.

Te hablaré de gatos nómades,
apreciando la brisa de la tarde.
Un bailoteo de hojas trémulas,
en nervaduras que tiñe el sol.

            Había reservado tiempo para dedicártelo y conversar tranquilos, acercar tus palabras a las mías, lo que significaba estar conectados mediante el mensajero, ya que tú estabas en una cercana ciudad y yo en un día de trabajo liviano, esos días posteriores a un feriado o a un domingo de fin de mes. Había regateado tiempo a iracundos relojes para compensarte por las anteriores mezquindades de mi poesía urbana. Supuse que ese esfuerzo retornaría a mí en forma de frases y sonrientes respuestas a tus interrogantes, no me percaté del lance cínico que me jugaba mi mirada, perdiéndose en lo inconmensurable de una ventana en el mes de abril.

Saludo a los gatos en la tarde,
les dejo largos bigotes nuevos.
Hojas caducas se desprenden,
y lentas caen hacia las raíces.

            Así transcurrió este minuto, esta hora vana, mi persona a través de la ventana mirando una pared y el árbol descascarado que en ella se apoyaba. Un gato de polvo y bronce recorrió el perfil de los ladrillos haciendo caso omiso de los abismos humanos vislumbrados. Pensé que debería haber sido un mono, para hacer justicia al escenario oriental imaginado, no un felino desganado por la calidez de la tarde despanzurrando con sus garras la corteza y desapareciendo como una ilusión de mis sentidos. Sabias de mis distracciones particulares y lo atribuiste a que extrañaba tu presencia, algo de eso enturbiaba mi mirada pero mi soledad hablaba solo de mi escape por una ventana y mi carencia de palabras era mi reflejo en el cristal, engañándome, haciéndome burla, para olvidar la terquedad de mis silencios.

Acaba aquí mi melopea de gatos,
voces aterciopeladas en la tarde.
Tu voz y la mía, no despertaran,
la vieja cadencia de las palabras.

            Cerré el mensajero, aleje mis manos del teclado. Lentamente retuve en mi paladar el gusto del último sorbo de café. Su amargura me reconfortaba, me hacía sentirme real al evadirme de un mundo de links y pestañas multicolores. A través de mi reflejo, de mi rostro deforme e inexpresivo, veo al gato sobre el árbol, mirando algo por encima de mí, dedicado a sus cuestiones superiores, tal vez un pájaro u un roedor. Quieto, ensimismado, ajeno a todo lo humano. Vuelvo de golpe a tus últimas palabras, quisiera encontrarles un sentido, materializar sendas o soluciones, pero también sabias de la incomodidad de los silencios, del instante en que ya las manos no quieren responder. Prometí escribir, como siempre, ignorando el artificio o la mentira para entregarte palabras verdaderas. Tú también habías abandonado el chat, quizás te aburrías y no sabías como decírmelo. Así somos, acaso, seres enfrentados por un ocaso de palabras.

Seremos los dos, arte sin hojas,
sin ruidos, la vida en un sueño,
estaremos quietos y adormecidos
como dioses gigantes y callados.


28 junio 2014

Crónica de hombres y noche

         La noche atesora, en su negro edificio, todas las formas para sí: cada partícula somnolienta de la atmósfera, cada movimiento y balanceo que las lentas sombras, sus insustanciales subordinadas, apenas nos dejan entrever. La noche también es dueña del búho, del perro y del grito, ya que ellos presienten en el silencio ese antiguo rito que precede al alarido. La noche, en su oficio, es también dueña de los hombres, su alimento predilecto, a los cuales viste de mortajas grises como una gigantesca araña, que los va atrapando en su insondable tela para devorarlos en el secreto olvido.
          Invisible hasta para sí misma, la negra noche, despliega su manto y cubre los confines que el hombre teme y desdibuja. La gigantesca noche escucha, siempre, extiende sus sentidos sobre un pequeño lugar del mundo, presta atención, apoya su codo sobre el horizonte y mira hacia la profundidad del alma de los seres incautos, dejando al descubierto sus miedos y sus casi olvidados y recurrentes sueños, los gritos de la niñez en duermevela, un dolor de dientes ancestral que no permite dormir. La noche misma teje su crónica, su tapiz de hombres y noche. La noche cuenta una historia que una y mil veces repetirá en trazos de ébano u oscuro polvo, el olvido.
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          La Banda, Santiago del Estero, ramal C-7 del Ferrocarril General Belgrano.
         ¿Cuántas veces, Cornelio Bass, pasaste frente a la solitaria estación que es una tachuela de zinc en tu trayecto? ¿Cuáles pensamientos se agolpan en tus sienes cada vez que, raudamente, corre ante ti el cartel amarillo y negro que nombra las paredes olvidadas por el tiempo? Tenías cuarenta años  de caminos y de vías cuando contemplaste por primera vez el polvoriento edificio y lo has observado mil veces y tal vez, mil más. El cartel, las maderas descascaradas, la pintura gris de obra, los tanques de agua, el viejo vagón abandonado en la enterrada vía paralela, la pirámide irregular y oxidada de rieles en descanso eterno y los sonidos: el crujido familiar de los viejos durmientes, dominio de la carcoma y su voraz tenacidad, y el lamento de los grandes clavos de hierro ¿No estás harto Cornelio Bass, de todo esto? ¿No estás cansado?
         Te preguntabas lo mismo esa noche, el viento roía suavemente tu piel curtida y envolvía tus pocos cabellos desordenados. No prestabas atención a los movimientos automáticos de tus manos conduciendo el carguero. El vaivén cansino de la lucha de los metales y el rezongar de los bogies remolcados contra el sendero imperturbable de hierro te sumía en la conocida somnolencia. Mirabas el paso de lo aromos que iluminaba el fanal de la inmensa locomotora Fiat-Transfer y te decías a ti mismo: ¡He visto un arbusto, dos, cien, ya no importa, ellos me han visto también, aunque soy uno y soy todos, como ellos, una filosofía de aromos y noche! ¡He pasado tantas veces en ambos sentidos, y deben estar tan cansados de mí como yo de ellos!
         ¿No es hora de que te detengas Cornelio Bass y digas adiós a este mundo de aromos? Estas viejo Cornelio y la noche ha comenzado a asustarte ¿Verdad? Conoces la respuesta, no la digas, el viento nocturno puede desplazarla en muchas direcciones y ella se enterará, viejo amigo, y te buscará. ¡Pero no te rías Cornelio! Sonrisa de enano, peor que carcajada de un coloso ¿Dónde leíste eso? Es de Hugo ¿Recuerdas? Lo sacaste del viejo libro que encontraste en los Talleres de Alta Córdoba, el libro te atrajo siempre porque su título era un número ¿Lo terminaste de leer? ¿O terminaste por ignorarlo y lo dejaste olvidado y roto en algún banco de estación? No entiendes aún el poder que vigila tus pasos, pequeño hombre. Arrastras tu vida con esfuerzo ¿O ella te arrastra a ti?
          Las dispersas y escasas luces de la estación te salieron al encuentro, te rodearon, te atrajeron como a un insecto alucinado. Hoy no pararías, no detendrías tu marcha, no lo habías hecho nunca. Disminuirías la velocidad del convoy por instinto y mirarías el cartel y esos terrenos áridos donde nunca pondrías un pie, solo recorrerías con la mirada cansada, como siempre, como ahora. Cada vagón visita por turno el viejo edificio de estilo inglés y luego se retira con quejas de metales torturados dando lugar a otro vagón, es un juego repetido incansables veces. Tu ayudante se asoma por la pequeña ventana y mira hacia atrás, hacia el furgón de cola, un viejo Brake Van británico, que en la noche parece como distante y difuminado, cuya única indicación de vida es la diminuta linterna verde que balancea el solitario guarda ya después de haber divisado la señal mecánica del solitario apeadero Antonio Talbot.
          Luz verde, eso significa vía libre para ti y tu seccionado gusano de treinta segmentos idénticos, y también para la noche que ahora devora en su negro atuendo, toda la longitud del carguero. Trasvasada la estación, la rutina retoma su presencia entre los hombres y sus miedos. El freno suelto, el acelerador ya en posición abierta. El monstruo metálico, el moderno dios trueno avanza confiado, los motores diésel ganan cada vez más velocidad, la tierra vibra y se desgrana. La brisa rápida los mece y los adormece en un sueño suave y extraño, lleno de recuerdos e historias mientras a sus pies el corazón de la máquina despliega su monótona vibración y calienta todos los metales.
        ¿Qué pensabas, Cornelio Bass, cuando sucedió lo insólito? Tal vez ya lo presentías, con ese conocimiento que algunos animales poseen y en la antigüedad nos legaron ¿Fue por eso que te despediste de tus amigos, uno por uno, y te quedaste mirándolos desde el andén? Quizás ¿Pero si lo sabías, porque elegiste la oscura noche, tan fría y solitaria como tú para olvidar, para alejarte? Solo tú conoces las respuestas.
          El faro delantero volvía a iluminar los eternos aromos y a los insectos rasantes que semejantes a estrellas fugaces van desapareciendo al paso del carguero. De pronto, él estaba allí. Y es casi seguro que tú lo viste primero, tu ayudante adormecido cabeceaba, conocías instintivamente el momento exacto en que aparecería. Aun así te sorprendiste y dejaste salir de tu boca un grito ahogado y sentiste el sabor de la saliva amarga. Echaste, como ordena el manual estoy seguro, el freno a fondo, con casi desesperación, apretando tus gastados dientes, con los ojos dilatados. La máquina acaso protestó como un animal antediluviano por la brusca desaceleración, todo el metal luchando intentando continuar su inercia, todas las calzas se cerraron aún más y los patines generaron un calor creciente al detener el movimiento de las ruedas de acero.
        Creo, estoy seguro, que pensaste que era muy tarde ya. Te habías demorado demasiado, tu movimiento había sido lento, letárgico, condenado al destiempo. El tren se había deslizado más allá del lugar en que vieras la fugaz figura. También pensaste que lo habías atropellado, tu corazón se encogió como un puño y el dolor te hizo tambalear sobre el piso metálico de la locomotora. Y a la luz mortecina de la cálida cabina dejaste escapar el ahogado grito del reconocimiento, cuando observaste los largos cabellos del niño, su vestido de noche y el lienzo blanco agitándose frente a ti. Viste sus ojos y en ellos la misma emoción de los tuyos, el mismo estremecimiento.
         ¿Por qué estabas, a pesar del delirio, tan contento? ¿Por qué abriste la pequeña puerta de acero y vidrio de la locomotora Transfer y te lanzaste decidido a la los elementos de la noche fría? Tus exiguos pasos de hombre cualquiera tomaron la dirección del niño que tenue y flotante comenzó también a alejarse. El faro delantero, penetrante en la oscuridad, te siguió con su ojo blanco Cornelio, hasta que tus ropas grises se perdieron en la noche. Mientras, tu ayudante salía de su estupor y te llamaba, te pedía llorando que volvieras, pateaba la tierra al costado de los durmientes, se estrujaba las manos. Pero tú no oías Cornelio Bass, estabas lejos ya, o quizás no tanto, solo lejos de los hombres y de las máquinas. Te habías ya inmerso en un mundo de sonrisas, niños y sombras, y continuabas caminando, lo hiciste durante toda la noche y al amanecer el paisaje ya era otro, maravillosamente otro. Entre los rieles, solo quedaban las huellas del hombre que temía a la noche y que al despuntar el alba comenzaron a disolverse en el entretejido de las pasturas y el rocío de este mundo.
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24 junio 2014

Una historia para Antoine

               No siempre fue todo tan simple como ahora, hubo momentos de fiebre y de vértigo, pero esta pequeña playa, las rocas y la cueva que me enuncia su ojo cíclope desde el acantilado no generan los suficientes eventos como para pensar que los días siguientes pueden ser diferentes al de ayer o a la calma que reina en este mediodía. Salvo las tormentas, pero ese es un prodigio horroroso en el cual hoy no quiero pensar y que escapaba a mis fuerzas, son designios de un dios iracundo y desconocido. Estoy sentado en una pequeña playa de arena blanca, rocas blancas también se elevan hacia un cielo azul limpísimo. Es ese cielo el que miro con interés, escudriñando, sonsacándole quizás uno o dos secretos, un cielo, por ahora, vacío y solo mío. El sol casi en la vertical de mi posición, emite su bostezo cálido sobre la isla y sobre el mar.

Antoine despega del aeropuerto del Borgo, en la bella isla de Córcega, convertida en bastión de los Aliados contra las fuerzas alemanas en Italia. Despega temprano, un asistente le ayuda a colocarse el traje para grandes altitudes, sus miembros acusan la fatiga de los años y los accidentes. Comprobado el uso del laringófono, chequeados los instrumentos, Antoine se lanza a los cielos del Mediterráneo, al poco tiempo ya sobrevuela la costa francesa, territorio que conoce como la palma de su mano. La hora del regreso está programada para las 12:35, es el tiempo máximo que el combustible de los tanques le otorga, ni un minuto más.

En el profundo desierto africano, frente a hogueras de hombres con ojos relucientes, he dicho: que somos dioses imperfectos, de suave carne y que buscamos crear un hombre perfecto con la vieja arcilla y llamarlo dios. He dicho que somos profetas locos, en agónica cordura y que lloramos porque hemos perdido jugando con el viento el color de la lluvia. Pero los hombres del desierto me entregaban su mirada distante, su realismo perpetuo, el Sahara era un grito de arena y sed, nada sabían de las tonalidades del barro o del color del agua, si conocían al viento por su nombre, el Simún, el de venenoso aliento. He dicho también, que somos sueños de un duende ciego y perverso llamado historia, llamado grito, pero el día siguiente es el hoy que ayer, será mañana y que ahora ya es pasado, es el olvido, es la clepsidra ambiciosa del tiempo. He deambulado estas palabras más tiempo del que debiera y han producido llagas en mi boca y en mis sueños. Mis labios se posaron un día sobre un pliegue del tiempo y camine mil libros hasta comprender la levedad de los sueños del hombre.

Antoine confía en su avión, ha aprendido a escucharlo y a valorarlo, sabe que no lleva armas, solo está provisto de cámaras, agudos ojos de vidrio que contemplaran las cotas y los terrenos solicitados por el Comandante. La carencia de armamento aligera su nave, lo hace grácil y rápido. El Lightning es un buen producto de la americana Lockheed, y al igual que el mismo Antoine, es un veterano ya en ese verano del ’44 y el aluminio del fuselaje tiene ya su castigo. Antoine sobrevuela los Alpes en las cercanías de Grenoble y corrige su rumbo y sus objetivos sobre la Francia ocupada.

No sé qué hago aquí. Identifico vagamente una morfología de isla mediterránea y recuerdo, de una manera culpable, que me han ayudado a ponerme el traje de piloto. De pronto me doy cuenta que estoy mirando mis manos, y que estas también son instrumentos, como los de tantas máquinas que he manipulado. Siempre he tenido facilidad y habilidad para la mecánica. Mis dedos siempre han graduado diales y palancas, y estos a su vez también son los diales y palancas de mi cuerpo, son los aparejos de mi sangre, las poleas de mi temperamento. Tengo frente a mi unos endebles instrumentos de cuarenta y cuatro años, compuestos de carne, tendones y huesos, tan perfectos que hasta les desconozco algunas funciones, como la de cortarme levemente al afeitarme o al mal peinar mi corto pelo encanecido. No dudo del gobierno de mis miembros, desconfío si, del chasis que los contiene, y del mecanismo que los alimenta.

Sobre la Bahía de Carqueiranne cerca de Tolón, Antoine reduce gases y pierde altitud, deja atrás las estelas dobles, las babas del diablo que persiguen los artilleros alemanes. Debería seguir por sobre los 10000 metros, pero Antoine decide descender, recuerda por un momento el vuelo aquel sobre Turín, también por debajo de las cotas de reconocimiento, en vuelo de regreso, cuando dos aparatos alemanes lo centraron entre sus líneas de fuego. Sorprendidos tal vez por lo errático del vuelo de Antoine no disparan. Antoine enajenado, continúa, sonríe, los observa marcharse por el espejo retrovisor.

No he sido un piloto – Me lo digo a mi mismo – Sino más bien, un administrativo, fatigando palabras sobre órdenes y papeles con membretes. Me he pasado estos últimos años escribiendo informes. Informes para el Comandante, informes para el Estado Mayor, informes sobre el Observador e informes sobre el Ametrallador. Podría llenar un hangar de archivadores repletos, una inmensa biblioteca de términos técnicos y ambiciosos, podría cubrir las alas de todos los aviones de Francia con los informes de suministros. He redactado con letra temblorosa por las vibraciones del timón de cola: memos, planillas de repuestos, listados de cojinetes, verificaciones de cubos de hélices, niveles de aceites, cintas de municiones, carretes de fotografía. He dictado partes, “meteos”, estadísticas que mal empleó el régimen de Vichy, detalladas cartografías que, si entendieron los generales aliados. También he redactado disculpas, quejas, cartas a viudas, a amantes y a amigos maravillosos que he perdido en el tiempo.
           
            Antoine imaginó una rosa, amo una rosa, habló con una rosa. Trató de entenderla como se entienden los mandos de un avión, tironeando primero, tomando posesión después. Tarde comprendió que no se puede atesorar la rosa en una caja de cristal, sin marchitarse, sin perder su esencia de rosa, como tampoco un avión puede volar eternamente aprisionado en un firmamento acotado por la guerra. Se acaban los rollos de fotografía, se acaban las municiones, se termina el combustible y se termina el tiempo. El tiempo de la rosa también marchita, su ciclo se hace áspero, luego se asfixia, y finalmente muere.

Será hoy, por la tarde, en horas del calor soportable, cuando nos encontremos en el sitio acostumbrado, en la mesa de siempre, aquí en Buenos Aires. Será hoy cuando tú me mires y sin palabras reclames los besos que te adeuda mi persona, los besos invariablemente tuyos. Seguro vacilas entre contarme tus experiencias del día o aprovecharte de mis silencios para robar la tibieza de mis labios, una complicidad que me gusta sobremanera. Aprenderé contigo que la paciencia es la mejor moneda para no precipitarnos en un mar de arena y que nuestras manos son espejos de olas que acarician playas somnolientas. Recordare que tu misterio de mujer me envuelve siempre, como la noche que me rodea durante mis nocturnos vuelos y supera todos mis sentidos, y que mis explicaciones para tu asombro de sonreír sin motivo son menos valederas que mi osadía de comprenderte. Recuerdo siempre el “Sí” que me diste en pleno giro, en pleno rizo, por eso Sudamérica es para mí tan entrañable. Cumpliré con prontitud mi promesa de un abrazo protector y las miradas encendidas sobre tu piel, llevo siempre conmigo la pulsera de plata con nuestros nombres grabados, nunca me separaría de ella, nunca. Entonces, será hoy, en este mediodía, en la hora de la agonía plácida de los elementos, cuando alce mis ojos frente a tu recuerdo y brinde por ti. Será hoy cuando tú me asombres con un nuevo dilema y las preguntas queden sin responder y yo solo piense en un beso o una rosa.

Antoine sobrevuela una costa conocida, podría para sus habitados recuerdos igualarse a la de Túnez, a la de Trelew en la Patagonia Argentina o el litoral de Saigón, pero es la costa de Marsella, y frente a él ahora, el Archipiélago de Frioul. Continúa descendiendo, debajo de los 1000 metros, a los lejos alcanza a divisar espolón rocoso que es el Castillo de If, la isla prisión que Dumas cerró en torno a su Edmundo Dantes y donde recaló el malogrado Rinoceronte de Durero. Antoine vuela más bajo aún, el día es tan maravilloso ¿Cómo no aprovecharlo? Frente a él una isla, una ensenada pequeña entre promontorios blancos, Riou.

Miro instintivamente hacia la cueva y me parece ver un niño de pie en la entrada desdibujada, un pequeño rey de oro con una capa azul. Sé que a este personaje yo lo he soñado anteriormente, lo soñé en el ´42 en Manhattan o en Long Island y lo soñé también cuando era yo un niño, me invade una pesada melancolía, un leve dolor en el pecho, como si los correajes del traje me apretaran demasiado y me tironearan hacia atrás, y también el recuerdo de otros niños jugando a la par mía en un lugar llamado Lyon, que se me antoja muy distante. Parpadeo, como para despertar de un sueño y el pequeño príncipe desaparece como un cometa en el cielo, he quedado ahora, inmensamente solo. Recorro el horizonte y veo un punto que se acerca desde una isla lejana. Mi mirada acostumbrada a identificar objetivos me dice que es un bimotor americano, volando muy bajo, a pesar de la distancia lo escucho muy fuerte y diviso su cabina brillando al sol, destellos de plata sobre el horizonte. Desciende aún más y distingo los emblemas de mi Francia en las puntas de sus alas. De pronto veo dos pájaros negros descolgarse desde el sol, cazas alemanes en picado, y yo he quedado paralizado, no puedo advertirle, no puedo gritar. Escucho entre la cacofonía de los motores el ametrallamiento al que es sometido el francés y de golpe los disparos cesan, algo milagroso ha ocurrido, lo intuyo, quizás el imposible de que se atascaran a un tiempo todas las ametralladoras. Los alemanes lo persiguen por un momento y retornan hacia la costa. El avión del francés no ha sido alcanzado por los disparos, sin embargo cae, cae y yo no puedo gritarle.

Es 31 de julio de 1944, Antoine lo lleva anotado en la pizarra que apoya en su muslo y que está unida a su chaqueta de vuelo. El Lightning ronronea quedamente mientras Antoine estira los músculos cansados del cuello. Mira el reloj en su muñeca, su viejo compañero, sabe que es hora ya de volver a Córcega, pero hoy no, quizás vuele un poco más. En la costa que ya avizora ve la pequeña silueta de un hombre sentado, envidia su aparente tranquilidad, envidia la pequeña y solitaria playa, desearía ser dueño de una isla así. Empuja, aleja los mandos de su cuerpo, estira los brazos, los hombros se distienden aliviados. Antoine escucha un tableteo sobre las alas, no se preocupa, los motores siguen bien. Siente una tranquilidad que le gana los miembros y se deja caer, mira el mar, el bello mar y sonríe, como aquella vez.

Muchas veces he dicho, que somos fuego en el horizonte, como el sol del verano, somos llama solitaria y carente de sonidos. Construimos refugios bajo el sol porque no podemos habitar en él ni caminar suavemente en el rojo de su aurora. Soñamos con cometas, planetas distantes, pero ignoramos que cada persona es un planetoide particular, algunos poblados de una única rosa, otros surcados por profundas raíces de baobabs. Y he dicho que somos esclavos del pensamiento, del dolor, simplemente caminar por el desierto bajo otro sol y acariciar la arena con manos desnudas, es volar, volar sin alas y caer, precipitarse a la realidad y lastimarse mucho, como nosotros, como tú y yo, como verdaderos dioses olvidados sobre el horizonte.