30 mayo 2014

Barbad, Rey de los Juglares

En el mediodía del siglo XI, el poeta persa Fakhruddin As'ad Gurgani afirma categórico, que aunque un mito puede ser dulce y excelente, puede ser siempre mejorado con la rima y la métrica, aplicándose a su estudio. Hacía referencia estricta a los juglares persas de la hegemonía sasánida que hermanaban el arte oral de contar historias con la composición de melodías medidas y exquisitas.
Los gobernadores del vasto Imperio Persa, crueles en la batalla y en la conquista, exaltadores de los hechos de la sangre, y sin embargo sensibles a lo imperecedero de la eternidad, prestaron merecida atención y mecenazgo a todas las artes musicales y en especial a los poetas juglares que narraban sus gestas heroicas acompañados por los delicadas e intrincadas labores de sus instrumentos.
El músico Bardad, un miembro menor del séquito de la corte del sasánida Cosroes II, en la segunda década del siglo VII, decide alcanzar la mayor aspiración de un juglar, ser el predilecto del rey, tarea no exenta de esfuerzos e ingratitudes. Desafía a Sarkash, el superior de la corte y miembro de la misma etnia religiosa (cristianos nestorianos) que Shirin, la esposa del rey y es expulsado. Congracia o soborna al jardinero real para introducirse en sus jardines en espera del paseo del soberano y se oculta en la copa de un árbol, su voz maravilla al rey y encanta a las aves.
Es así, como el músico sasánida se mimetiza en los jardines exóticos de Palacio y canta con la locución más bella que el Imperio Persa haya escuchado. El rey de las aves, el Simurgh, que es a la vez uno y todas las aves, se ruboriza al escucharlo. Sus melodías unifican la épica de los jinetes del desierto junto a los cotilleos y venganzas populares en los insidiosos salones de la Corte. Su verso se torna famoso e inolvidable. El sonido único de su laúd tejería leyendas entre los parsis.
Vestido completamente de verde, su laúd de madera de mora también verde, Barbad, juglar de la corte del rey Cosroes II, logra de esta manera convertirse en “Rey de los Juglares”. El soberano le promete todas las piedras preciosas que quepan en su boca y en sus manos.           En no pocos suscita, tal vez, terribles envidias. El gremio de los juglares es poderoso y hábil en tejemanejes y traiciones. Los chismes del séquito y las novedades eran su moneda de intercambio. Barbad, seguro en su arte, sobrevive a más de un complot y esquiva difamaciones y rivalidades.
Los desafíos son una constante, Bamshad (músico del amanecer), Ramtin y Nagisa (maestra de arpistas) son los adversarios ante los cuales sale airoso Barbad. Todos ellos también adquirieron renombre en el antiguo Irán. Muere Shabdiz, el caballo predilecto del rey, y Barbad, a riesgo de su vida, evitando la ejecución como mensajero de nefastas noticias, interpreta la melodía más melancólica que oyera la historia de Persia, enmudece la corte, Cosroes ensombrece su rostro y pregunta: "¿Es que Shabdiz ha muerto?". Barbad inmediatamente contesta: "¡Eso es lo que dice usted, Rey de Reyes!".
El calendario persa, herencia de los antiguos caldeos, poseía un año básico de trescientos sesenta días, para cada uno de los cuales Barbad compuso una única e inimitable melodía, creando así toda una teoría musical que perduró por siglos en las regiones de la Grande Siria, las llanuras del Elam o el Irán. Estos fueron hechos que acontecieron cuando aún la ciudad sagrada de Bagdad era un camino áspero a la vera del Tigris primigenio y la antigua Babilonia solo ruinas y polvo.
Cuenta la leyenda que al morir el Rey Cosroes, en Palacio, en la capital del Imperio, Ctesifonte, en el mes último del almanaque persa cuyo nombre es Esfand, ejecutado bajo la forma imperante en la época que era la muerte lenta por certeras flechas, Barbad, inconsolable, mutiló sus manos y quemó sus instrumentos, por devoción y respeto al soberano, su amado mecenas, y que las fuentes de todos los jardines de Persia rezumaron tintes verdes por cuarenta días y ninguna noche.


28 mayo 2014

Pigmalión y Galatea

         ¿Quién no comienza a enamorarse de su propia obra? ¿Quién no sucumbe al río impetuoso y quizás turbio de las vanidades? ¿Quién no contempla la belleza de lo que vislumbra primero como un significado y acaba conviertiendose en objeto de sus pasiones? Construir un mito, empezar a dar forma a una leyenda, las claves de la interpretación de lo que surge para conformar una historia atemporal y el atisbo de un camino de anhelos y señales, quizás, compartidas.
Pigmalión, el célebre cretense, harto de mujeres anheladas y frustrado de inútiles búsquedas sociales, soñó un día con la escultura perfecta en delicados y exactos rasgos, que luego con el paso de los años y las labores, concretaría en el blanco marfil y en la soledad de su taller. Pigmalión, cansado de ausencias, se enamoró de su obra, porque ella tenía todo de sí mismo, era una prolongación de sus deseos y una extensión de su cordura, necesitaba creer en esa estatua para dar crédito a su osadía de engendrar lo más bello en ínfimos detalles.
Pigmalión dio nombre a su creatura, un nom de guerre que nunca sabremos, de otros artífices desconocidos nos llega el nombre marino, Galatea, y el arrebato de amor de una noche descabellada, el beso imprudente en los marmóreos labios, sopesando la frialdad del objeto. Lo sorprende la tibieza del marfil, lo fascina la tersura de una piel que es como la arcilla fresca del alfarero. Afrodita, la enamorada moradora de los olímpicos palacios, consintió esa unión inverosímil y otorgo vida a la terrenal estatua, poniendo fin a los días aciagos y vacíos de Pigmalión y concediéndoles a ambos una felicidad eterna.
El artista - mi yo creador - otorgó deiforme aspecto al talle y a la sonrisa de la muchacha, mi modelo, fue ese, el primer minuto de mi caída, donde dieron comienzo mis razones para conformarla a mi gusto y semejanza. Tarde, muy tarde luego, tropezarían mis errores uno a uno, soñaría sus mismas palabras y despertaría sobresaltado sin la huella de su nariz en mis almohadas o su figura reflejada en mi ventana. Ella fue mi proyección de lo mas deseado, fue mis miembros extendiéndose y multiplicándose en una sola forma, su cuerpo imaginado, una y mil veces en eléctricos momentos.
Este sueño mío, que también es un mito, es demasiado bello, es ambiguo, es baladí. Se asemeja más a la continuidad del sueño de Pigmalión que a la realidad del descubrimiento del mundo por parte de los ojos de Galatea, ella también tendría sueños a partir de su génesis como tentación de la carne, ella descubriría un entorno que iría alejando su brazo de Pigmalión y poblaría sus noches de otras voces. Solo aislándola a los ojos de todos, lograría el cretense su propósito egoísta, su felicidad mataría la historia de Galatea, su desarrollo como forma.
El interesado fin de Pigmalión, la posesión de la más bella estatua, mataría toda la personalidad de esta, como luego la Galatea real, sustancia de Afrodita,  sucumbiría a la sombra impresionante de su creador. Yo tampoco pretendía un amor confinado a una caja de cristal. Pero el derecho de conservar, de atesorar, de proteger se confundiría en mis horas grises con un grito de posesión.
El artista que habita en mí - mi yo no asumido frente a públicas miradas - se enamoró de la muchacha de marfil, su piel me rebelaba el brillo y la ondulación de la arena, sus cabellos replicaban la veta del elemento y la ondulación de la arista desbastada. La forme a imagen de la figura yacente en mis sueños, le entregué la perfección creíble en ellos, la belleza acumulada por mis ojos a lo largo de los años, y la forjé callada y dulce como una flor extraña en un jardín sencillo, sin saber que era un ser común pugnando por florecer en un mundo igual al mío.
Desperté una mañana y mi atelier era otro, más antiguo, menos ordenado, mas primigenio, en la ventana cantaba el pájaro de las indecisiones, el mirlo políglota del griego. Sobre mi mesa, vino oscuro de Creta en una cratera fenicia, en un trípode bajo algunas olivas y queso. A mi alrededor bustos incompletos, faunos de rostro calcáreo, pies sin dedos de apolíneos atletas, vides de mármol. En el pedestal una estatua, y ella en mi sueño, porque yo había soñado que despertaba, era tan hermosa como ella, y yo era un hombre maduro y ciego de amores.
Ella abrió los ojos y miró en derredor abarcándome a mí, a su pedestal doméstico y más allá el territorio que deslumbraban sus hermosas pupilas, su asombro y curiosidad la impulsaron lejos de mi abrazo de héroe antiguo, de mi mitología de vanidades. Pero mi nombre no era Pigmalión ¿Su nombre? Se llamaba Alicia, como la otra, también soñada por el diacono británico, una modelo de agencia. No pude, no insistí en retenerla. La muchacha caminó lentamente hacia la puerta del atelier, esbozo un saludo a mi solitaria perplejidad y parpadeo sonriente al nuevo sol, que para ella, comenzaba a mostrar sus colores verdaderos.
Desde la entrada me llegaron los modernos sonidos del orbe, los relinchos del metal, el pulso de lo mecánico. Luego la puerta se cerró, tomé arcilla fresca entre mis dedos y volví a soñar.


26 mayo 2014

El sueño de Príamo

Príamo, rey de Troya, duerme cerca de la tienda del pélida Aquiles. Príamo tiene un sueño inquieto, a sus pies también se acurrucan los miembros flacos del anciano Ideo, el viejo vocero de la corte. Es noche cerrada sobre el recinto de naves aqueas, hogueras bien alimentadas, leña de la cual carecen los troyanos, alejan el frío de los cuerpos, no lejos de allí, guerreros terribles restañan heridas y soportan dolores horrendos.
Príamo, decíamos, tiene un sueño, el cansancio de la duermevela de los últimos días ha agotado su cuerpo. En su sueño observa, no sin sorpresa, que en la boca abierta de ciertos dioses futuros habita aún la palabra “Troya” y que en extraños pergaminos y libros perduran los nombres inmortales de Áyax el Grande, Helena y Paris, Odiseo o Agamenón entre otros no menos sustanciales. Se regocija en el sabor grato que es escuchar aún el nombre de su hijo Héctor, el más valiente entre los aqueos.
En su sueño esos dioses ven en su padecer hechos quizás históricos, desligados del mito, ignorando que toda  mitología es real porque sojuzga la acción y el pensamiento de hombres más verdaderos, tal vez menos actuados, que los declarados de las enciclopedias o los manuales de historia. La muerte de su hijo siempre fue real, como los versos que en su sueño un aedo ciego comienza a declamar.
De los hechos de la materia de Troya, nada más conmovedor y trágico que la humillación de un padre, y por destino rey, al rescatar el cuerpo de su hijo muerto en combate de manos de un enemigo impredecible. Más de nueve años han trascurrido de escaramuzas entre aqueos de largas grebas y troyanos. Combates no desprovistos de belleza, buenas artes de golpes, fintas y espadas, carnicerías que inclinaron la balanza ora en un lado olímpico, ora en otro, terrenal. Pestes que asolaron campamentos, el Escamandro cubierto de cadáveres cercenados por el pélida. Hechos álgidos pero no menos caros que la hambruna o el esclavismo.
Príamo aún tiene estiércol en las enflaquecidas manos y cenizas en su cano pelo, su larga barba, otrora espuma del mar, luce hirsuta y ennegrecida de polvo y lágrimas. Ya no es igual a un dios, como cantaron los aedos, más bien es un despojo arrojado desde las murallas troyanas. Ha abrazado las rodillas del asesino y compartido el llanto, ha llevado a su divina boca seca y llagada, las manos encallecidas del matador de hombres, ha sentido un miedo que no es de este mundo. Príamo ha venido en busca del cadáver de su hijo, junto a su heraldo ha atravesado la llanura erizada de argivos, como un ladrón en la noche, o como si fueran viejas y oscuras plañideras, nadie ha osado mirarlos.
Se prefigura un drama secreto en la tienda del héroe aqueo, como el de Guayaquil o el orquestado entre las sombras furtivas de Barranca Yaco, donde Santos Pérez cometió el ultraje cobarde del cuerpo de un General valiente. Como aquel, ni siquiera los dioses fueron testigos, solo los tres hombres sabrán de las palabras allí pronunciadas. Solo el viejo heraldo, quizás mudo, tal vez ciego, posiblemente solo muy viejo y también sordo, que de esas soledades y tristezas, como único testigo, sobrevive.
Mezquinos datos aporta la historia sobre el anciano vocero, tal vez y como espectador de primera mano, su nombre fuera otro, tal vez Homero, ya que los hombres que no estaban hechos a la guerra eran destinados a la poesía, o a la memoria. De los tres personajes solo uno tiene más de real que los otros dos, a estos otros los animan dioses estéticos e indolentes. Pocos días faltan, doce a lo sumo, para que el gran Aquiles por las flechas de Paris, el de hermosa estampa, sea muerto y a la vez su único hijo Neoptólemo, conocedor de las habitaciones del célebre caballo de madera, diera muerte al rey de Troya en las oscuridades de Palacio.
En el suelo de la tienda, el rescate de un muerto, peplos de las mejores lanas de Ática, mantos, pieles de seleccionadas cabras, túnicas de Esciro, trípodes bellamente labrados, doce de cada uno que es el número sagrado de Casandra y el número mágico que gobierna los cuerpos celestes en las antiguas astronomías, también lo enunciarán las doce Tribus, los doce dioses de Platón o la docena de nombres atribuidos a Odín. En metálico, solo diez talentos de oro, una fortuna para un soldado y también la legendaria copa de Tracia, que fuera el orgullo del Dardánida en el extranjero.
La cena, oveja sazonada al estilo de Ítaca y pan. Aquiles sabe que las vicisitudes de la guerra imperan mejor sobre un estómago lleno, ya que en esos días, el instante siguiente, puede ser el ulterior y definitivo. Es una cena y un homenaje, al gran Héctor, domador de caballos y al mirmidón Patroclo que también los amaba. De haberse conocido en un escenario distinto, ambos héroes hubieran hablado con entendimiento de armas excelentes y de cuadrigas.
Doce días el incorrupto cuerpo resiste los vejámenes del pélida. En el rosado amanecer que toca en suerte desde el Egeo, Aquiles inicia cada jornada arrastrando el despojo de Héctor por tres veces alrededor del túmulo de su amigo Patroclo. Ni la ciega larva ni los humores pútridos habitan o hacen edificio en el domador de caballos. La tienda solo huele a madera de abeto, los cueros engrasados con pez y la acidez de los orines del bronce. Lavado con indiferencia, ungido en aceites carísimos por orden de Aquiles, una mortaja impecable envuelve ahora a Héctor en el exterior de la tienda.
El pélida habla en voz baja con su amigo muerto. Sostiene un diálogo que raya la locura y los sentimientos. Patroclo, seguramente, aceptará estas ofrendas y las lágrimas del pélida. En la llanura, a sus espaldas, los cadáveres alimentan los gusanos. Sabe, intuye, que Príamo hará los honores al amado Héctor pero al duodécimo día peleará. Troya, según los vaticinios, que son muchos, caerá. Aquiles también discierne que su vida ha de ser breve, ningún semidiós muere de viejo, ningún guerrero de su talla llegará a ser rey o apacentará ovejas en las islas del Thálassa.
Han pernoctado, Príamo e Ideo, fuera de la tienda, tal vez bajo los carros, con abrigos provistos por el aqueo. Príamo ha tenido un sueño desprovisto de tiempo. Ha visto dioses del futuro preguntándose por el color de los cabellos de Helena, el motivo o la excusa para la movilización de mil naves, o por la cólera del pélida. Historiadores de ese futuro, creerán que un aedo ciego ha soñado, cuando lo que importa más allá del soñador y del sueño, es el soñar. De la Barca adujo con sabiduría “que toda la vida es un sueño” y luego afirmó con la maestría de los que no dan importancia a algo porque lo han vivido todo, “y los sueños, sueños son.”
En la lejanía de unas murallas que ya acaricia el alba, Hécuba, la segunda esposa de Príamo, llora un hijo que era como un dios en la batalla y llora un rey que ya cree muerto a manos del homicida argivo. Nada sabe del respeto que los dos hombres se han tenido, señores de la guerra que han cruzado sus lágrimas de duelo. Tampoco sabrá del temor último de Príamo y de su heraldo  y de la carrera por el campamento aqueo donde ningún durmiente de largas grebas despertó.


19 mayo 2014

Odiseo y Circe

Odiseo nunca quiso abandonar a Circe, Odiseo amaba a Circe. En esos dominios hechizados, parajes de la mítica Eea que la maga pobló de animales a su antojo (bestias que desprovistas de su cárcel humana serian totalmente amistosas), el héroe, no sin culpa, tal vez fue un hombre feliz. El canto del aedo ciego inventa o afirma otras teorías.
En su deambular por las vastas arboledas de la isla, entreviendo quizás desde el monte o desde un frágil puente, la mansión de piedra que fuera palacio y cubil de la diosa y también osera de mansas bestias; Odiseo tuvo tiempo de pensar y reconsiderar, su corazón no pocas veces habrá lanzado un largo suspiro.
Ítaca estaba lejos, sus riquezas, sus pastos mansos un recuerdo dorado; más cerca estaba Capri (en la que habitaron gigantes) o Lípari (las islas de los vientos) El laertíada conocía como la palma de su mano esas provincias bien administradas. Años de travesías encallecerían su piel y su ingenio, el Mediterráneo entero no le fue desconocido. En esas lejanías y soledades, Penélope también fue una isla.
Poetas mayores y menores consideraron de Ítaca, un hogar, un puerto, la isla en cuya bahía dormían seguras y tranquilas, naves de roja proa, sin embargo fue un poeta ciego el que dijo, que la isla era una belleza al atardecer, una ironía. Tierra rica, Ítaca, en bosques y alimentos, también en hombres de mar, símbolo del retorno del héroe tras los diez largos años del sitio cruento de las crónicas.
Troya, para Odiseo, fue y será, un canto de guerreros llenos de cicatrices y las payasadas de un tal Aquiles que se le acercó no pocas veces como amigo. Helena, como muchas mujeres, una motivación y una incógnita. Héctor y Paris, los peones de un tablero de ajedrez que les resultaba extraño, el primero sabía que esa guerra no era la suya, solo una escaramuza de egos y de dioses, y estos exigían sacrificios. El caballo de madera, solo una alegoría de que no existen las cosas imposibles o las ciudadelas totalmente inexpugnables, quizás una picardía que terminó siendo edificio u hoguera.
Penélope no es Circe. Circe logra con encantamientos y experiencia lo que los cosméticos de Esciro (que llevarían al pélida a la guerra) o las mieles de Creta no logran. Penélope en cambio, para la cual veinte años de espera ya pesan demasiado, harta de pretendientes, también opta por la soledad y las labores. Ha encanecido y los largos paseos por las faldas del monte Nérito sellan su corazón; su vista a agotado los horizontes marinos; quizás Odiseo nunca regrese, se interroga o se contesta.
Circe no descubrió la parte animal del Rey de Ítaca, más seguro es, que atisbara el corazón endurecido o las viejas suturas de su cuerpo tras una noche de libaciones y canticos hipnóticos. Circe nada sabe de triángulos amorosos, solo toma lo que el Thalassa le trae a sus costas, Penélope sospecharía de sirenas y otras féminas, el cuerpo también es una moneda de intercambio en el Mediterráneo. Circe, como mujer tenía los instrumentos, como hechicera, la carencia de un hombre de la talla de Odiseo. Circe miró el pozo de su alma, y vio un maduro rey inquieto.
Las flechas y el arco (regalo de Ífito, el argonauta) tuvieron su patina de abandono y el interés de los orines del bronce, la cuerda de tendones seguramente fue ajustada las primeras semanas, luego, lentamente, fue olvidada. Nada había en la isla que las mansas bestias no consiguieran para el sostén de la mesa o las labores. Las armas todas, terminaron herrumbradas en una habitación vacía o un taller dedicado al informe Hefesto. Los navegantes encontraron la paz y un sopor que les fue grato y como resultado de esa abundancia y el descanso, se afincaron.
Seguramente Odiseo y no la maga, optó por hacer durar un año la estadía. Hesíodo y Xenágoras afirman que de dicha unión carnal los frutos fueron tres niños, lo que nos habla de que la permanencia fue ciertamente más prolongada y los amores más sinceros. De Penélope, en Ítaca, el canto nos cuenta una historia distinta, la que llega hasta nuestros días, seguramente en vida, ignoró la mayoría de las aventuras del héroe.
Otras teogonías cuentan versiones más de novela o policial negro, distanciadas muchos años del día aquel, en que con el sol del Mediterráneo brillando sobre los aparejos del barco que jamás tuvo un nombre, Odiseo, al avistar la isla de la maga ordena echar el ancla y descender. Su corazón cansado ya le decía que toda espera merece la pena, toda maduración de un momento lo alejaba de las Moiras, del destino; El héroe sabia, que una mujer primero muestra sus armas (en este caso la mitad de la tripulación fue bestializada) y luego invita a su cálido lecho. Solo más tarde en la comunión de las soledades y los relatos (sobre esto también ejercería su sabiduría Sherezade), surgiría el amor.

23 septiembre 2013

Odisea

           Mañana comienza la odisea…
            Han desatado las amarras de los barcos que se mecen en la orilla y la arena ha perdido su vieja forma conspirando con el viento. Los caminos atestados por el gentío permiten el paso de uno solo, yo, que de mí mismo se despide y me veo ir y consigo finalmente alejarme; pues mañana empieza el mismo viaje y el agua salada sacude con fuerza el peso de otras olas, ya lejanas. Un marinero ríe a carcajadas y me río en el reflejo de su risa de bronce que es la mía. El cielo es dolor sobre navíos que solo atinan a crujir, y los hombres abrazan a mujeres de ojos tristes.
            Seguramente mañana se termina este sufrir; el niño de la isla azul corre entre las algas y recoge fragmentos de caracolas, los pies pequeños se acercan al último barco que se aleja y lo saludan, saludan a los últimos mensajeros, me saludan a mí. Mis dedos ancianos tropiezan en el bolsillo con un puñado de caracolas rotas. Seguramente mañana la espera atraerá al sueño, pues la pesadilla en esos ojos no se borrará, no se quebrará. Las oscuras noches han pasado mirándolos a ellos, sobre la orilla siempre; de que sueño es origen este miedo o de que horror es génesis este sueño. Inmóvil ahora, percibo el sueño que se aleja mientras voy con él al lado mío.
            La roca mañana será la nueva arena y el viento que se desliza entre los rostros que ondulan en la arena ahora, ondulará sobre mí, que me aferro a esta costa que no existe y se diluye en este mar formado por mi agua, bajo el vaivén de los barcos que me nombran mientras parto. Esta playa debajo del nuevo sol estará vacía y para esos rostros el faro será solo un recuerdo extraño, como esa niebla que me envuelve aquí sobre la roca.
            El anciano observa los barcos que cabecean y arroja su sombrero al aire frío. Levanto la cabeza y mi luz se pierde en esa búsqueda sin objeto. Mañana. Ella dará a conocer las viejas respuestas; está entre ellos, entre los más ancianos, protegiéndolos del viento. Los jóvenes la miran y sueñan por esa cabellera con temor, como sueño yo en la cubierta arrasada por las olas mientras estrujo este puñado de papales mojados por la lluvia.
            Mañana es el último minuto de este día. La llovizna gris es el ramo de flores arrojado, sobre cuerpos extraños pertenecientes a otro sol, a otra piedra desgarrada y única. He descendido sobre mí mientras contemplo, el presagio de muerte que cae sobre los barcos en el horizonte.


El oráculo

El oráculo nos dijo:
Que prometimos alguna vez ser siempre los mismos,
peregrinar entre risas y fragmentos de alegrías.
Pero nos equivocamos, creímos que todavía éramos niños,
cuando nuestras manos nacieron viejas de acuñar recuerdos.
El oráculo nos dijo:
Que aseguramos que nuestra piel no envejecería, alguna vez,
que seguiría aceptando la humedad de otros cuerpos.
Que nos adormeceríamos en regazos de mujeres plenas y eternas,
ilusionando su calor y una pasión enorme junto a ellas.
El oráculo nos dijo:
Que aún, no pudimos prenderle fuego al sol.
Que nuestra sonrisa brilla aún en diversos corazones.
Que todavía somos profetas que aman con demasiada fuerza.
Que aún nuestros caminos, están llenos de voces y palabras.



Imponderables cotidianos

          Recordé una vieja historia. Un hombre vuelve siempre de su jornada laboral por el mismo camino, vidrieras cotidianas, semáforos conocidos y parpadeantes de urgencias innombrables. Es la hora en que se atenúan los sonidos del orbe y las luces reducen su brillo y los bares se sacuden de clientes. Otro hombre, una borrosa figura en su memoria, lo llama siempre desde un callejón oscuro. El hombre de nuestro relato vacila y la seguridad del llamado tiende a paralizarlo, eterniza un momento terrible y logra al fin acercarlo a la grisácea forma de su interlocutor.
En ese cercano instante observa en el ceniciento rostro, un par de colmillos de plata, de una hermosura incomparable, tan atractivos como sedientos de sangre. Rápidamente el desconocido se quita los colmillos y guardándolos en una extraña cajita de madera oscura hace el gesto de entregarlos. Pero nuestro hombre no puede detener su marcha, imponderables cotidianos encausan nuevamente sus pasos hacia las lejanas luces del hogar y abandona todas las noches al otro, al que se sumerge nuevamente en las penumbras de los angostos espacios de la ciudad.
Desconozco por cuanto tiempo discurrieron estos encuentros, el devenir de otros años u otros hombres cambian tal vez el aspecto de esta narración que hoy evoco al saltar de ciudad en ciudad, o al involucrar al narrador como propio testigo de los alterados hechos en el comienzo de esta noche. Sin volver la vista, cabizbajo, apuré mis pasos para no sentirlo, para no verlo, aunque él, sonriente en su nocturnidad, musitara firmemente mi nombre desde el siniestro callejón.


Amanecer

Dulzura en el vaivén de las hojas.
Frescura sobre rostros de porcelana.
Sentir en la piel, el aire limpio,
acariciar los fuelles de la vida.

Silencio hechizado, de manos suaves.
Afonía de flores demasiado simples.
Desprender la fina y débil telaraña
que el sol torna en bordado de bronce.
Y desde una ventana incierta, sonreír,
rodar la mirada sobre sendas de vapor.
Recordar que hay ojos que nos miran,
que urgimos su tibieza y su nostalgia.

Dulzura sobre rostros de porcelana.
Frescura en el vaivén de las hojas.
Sentir los fuelles de la vida,
acariciar en la piel, el aire limpio.


22 agosto 2013

Stalker - Tríptico

Me hubiera gustado ser El Escritor, que acompañó al Stalker a La Zona, en búsqueda de inspiración. Lamentando no poder retroceder, siempre avanzando, la curva es un camino más corto que la recta. Sin poder encontrar la palabra exacta, murmurando esa frase inolvidable: “las palabras son medusas bajo el sol…” Un viaje solo hacia el silencio y la soledad particular de cada persona, buscando ese lugar, esa Habitación, donde los sueños se hacen realidad. Un escritor sabe, yo sé, que si encuentra la felicidad, nunca más escribirá, o por lo menos no lo hará de la misma forma. Un escritor sabe que si pierde su tormento y sus dudas, entonces ¿De que vivirá?
Me hubiera gustado ser El Profesor, que acompaño al Stalker a La Zona de aterrizaje, tal vez buscando una explicación, o un pedazo de roca extraterrestre o una pequeña huella de fe. Me hubiera gustado hacer un experimento, volver atrás y rehacer el camino solo, sin El Stalker, sin pañuelos ni tuercas para detectar anomalías y corregir el rumbo. Poder decir esa frase académica, “Este lugar nunca traerá la felicidad a nadie…” y aún descreer de esa verdad. Tener en las manos la posibilidad de cambiar todo, y a la vez, no querer entregar ese poder al mundo, a la individualidad del mundo. Poseer la mente científica para encontrarle explicación a los eventos y a los artefactos, la ciencia cambiada de La Zona, y sin embargo, dudar y decir “Nunca hagas algo que no pueda ser deshecho…” y desarmar la bomba.
Me hubiera gustado ser El Stalker, el hombre que engendra la parábola de la búsqueda. Salir de madrugada con destino casi incierto, librado al humor cambiante de La Zona, sensible a cada persona modificadora de su entorno. Decir como asegura El Stalker: “la dureza y la fuerza son satélites de la muerte…", una frase inmejorable. Estar tan cerca de la verdad, de la confirmación de la esperanza y sin embargo no poder entrar en la Habitación. Tal vez como piensa El Escritor, solo ser un bufón de dios, solo esperar la lluvia dentro de La Habitación. Amar tanto lo mío, defender lo mío, como para arriesgar mi vida en La Zona, ayudando gente vulnerable y devastada, dando esperanza, y ser el único de los tres que nunca dudara, creer en la posibilidad cierta del cambio.


Palabras

Dolor...
De ser arcilla mancillada o légamo remoto,
que se corroe bajo antiguas manos de poeta
y de ser dueño ya gastado, rey sin heraldos,
erosionado por lágrimas y una fiebre añeja.

Orgullo...
¡Ah! ¡Ah! ¡Ese tonto duendecillo tenebroso!
Tan necesario, tan vital, tan a tiempo en mí,
para combatir ciertos dolores y elocuencias
y que no basta, no alcanza, una sombra gris.

Silencio...
Soledad en una tarde fría, de gatos gordos,
vacío de calles rojas y ventanas a las nubes
deambulando con la certeza tal vez incierta
de ser uno solo, yo y nadie, consigo mismo.

Palabras...
¿Cómo definir esa tiranía intensa del dolor?
¿Cómo describirte la crueldad de una frase?
No nací para aceptar las yerras respuestas,
que no procedieran de mis racionales labios.

Lágrimas...
Refugio del viajero esperando la tormenta,
sobre la cima de la montaña o en el cieno.
Mi fuerza es la del caballero más exánime
y mi tristeza cierta la del olvidado gigante.

Amor...
Perdóname hoy, no puedo hablarte sobre él,
pues estoy escribiendo un verso en la noche.
Puedo imaginar todos los rostros que amé,
pero me ciega algún color y entonces callo.

Libertad...
Muy lejos, si, muy lejos, donde tú descanses,
o donde la flor transmuta su delgada forma,
existe un legado para mí alma, elegido está,
es la curvada simpleza de una gota de agua.


21 agosto 2013

Inmoralidad

          De boca en boca, de camino en camino, de ciudad en ciudad, la triste noticia llegó a oídos de la honorable dama de Li Tsei-wa en la provincia de Henan. En las fronteras del Imperio, donde una avanzada de los manchurianos doblegaba al ejército, el General Cho Wei, había demostrado con escándalo abierto, ciertas inclinaciones románticas hacia su montura particular. El amor del diestro hombre de armas por el insigne equino había trascendido los límites de sus subalternos y provocado no pocas opiniones terribles y encontradas, motivando comentarios sugerentes a pesar de su promesa de fidelidad a la dama de la provincia de Henan. Hubo algunos intentos de encubrir la inmoralidad, tardíos ante el hecho consumado de haberlos hallado el centinela durmiendo juntos, noble arquero y cuadrúpedo, bajo la sombra de unos palisandros alejados del campamento. La honorable dama Li Tsei-wa, irremediablemente despechada, se suicidó al amanecer, mientras en la frontera bélica, una espada manchuriana cercenaba la cabeza del descuidado amante. En la provincia de Henan, se encuentra la única estatua conocida del General Cho Wei, y es la única también cuya montura, equivoco homenaje del artista, tiene una flecha clavada en el corazón.


El límite del pecado


Sé que los amantes siempre juegan,
con ese elegante y confuso encanto,
de ser sorprendidos en la intimidad
impúdica de un raudo y casto beso.

Entonces ellos sueñan inequívocos,
con el pasmo espía de los peatones,
sus corazones palpitan acelerados,
en la precipitación de las miradas.

Sé que las risas acompañan siempre
esos gestos únicos de intima locura.
Los amantes son imprudentes niños,
incitados por tormentas repentinas.

Entonces la lluvia, es aliada y oculta
los  encuentros en rincones pequeños
las caricias en infrecuentes esquinas,
y los escapes en el límite del pecado. 


Ácido despertar

No puedo soñar con dioses que me nombran, su calidez escapa de mis apéndices extendidos en la noche; no soy exótica de sus risas ni mensajera del eco de sus voces. Rehúso burlarme de la sabiduría del viento pero niego atar mi fe gastada al pedestal de una vieja estatua que mi piel nunca acarició. Aclamo que nunca a nadie se le ocurra enterrar mis restos oscuros a la sombra de una roca inmóvil, sin vibraciones, porque son mi fuerza, son mi lucha y también mi destino. En la playa, sobre la arena, ahora, el fuego arde consumiendo hilos de plata; las olas no diluyen, no conmueven, mis cenizas solitarias. Hay un grito que calla en su propio miedo, no es mío, no me pertenece; solo lo escucho mientras se confunde con mi poesía de ácido despertar. He nacido en la telaraña majestuosa, he tanteado el sabor de la inquieta mosca, pero no he visto todos los colores y moriré en el génesis de mi silencio.

Tus dragones

Un día tus dragones, enfrentaron furiosos,
a mis unicornios cansados de tanto trotar,
el resultado de ese encuentro, solo tú y yo
después de amarnos, dejaríamos en la piel.

Mi lengua decepcionada que no aprende,
que hay palabras que no debo pronunciar,
y mis versos encaprichados a tus caderas,
que impugnan el frágil descaro de besarte.

Un día, lejano y rabioso, de calor y prisas,
de espaldas a mi volviste tu rostro agitado,
me pediste que penetrara, tu carne pronta,
y ni el dolor, me dijiste, te apartaría de mí.

Mi piel que es la esclava de tus caprichos,
que no asimila que tu solo reparas lo roto,
y mi poema recostado en tus labios rojos,
mudo de las palabras que no pronunciaras.

Un día, tus crueles demonios implacables,
escarbaron entre mi carne y estos huesos,
tu boca en mi boca desgarrando la noche,
y me confesaste, vacía, que eso era amor.


01 agosto 2013

Ella

¿Sabes amigo? Fue muy interesante lo que dijiste esa noche sobre ella, tus palabras aún zumban en mis oídos como el lejano ronroneo de un motor cómodo y constante. Me aseguraste que coreabas torpemente un viejo tema de Alice Cooper, si mal no recuerdo trataba sobre adolescentes del año ’74 y en tu mente imaginabas hallarte en un motel caliente observando el reflejo de una piel joven vibrando y gimiendo bajo la palma de tu mano; pero sobre aquel asfalto infinito y cotidiano ansiabas estar solo como un perro rabioso, un lobo mordedor entre tapizados caros. El lugar podía ser Tucson o Pasadena, no recuerdas, da lo mismo a esa altura de cualquier verano. Solo el calor acompañaba tu deseo de más velocidad, tu pretensión de exprimir más la potencia del coche y llegar, no sabias adonde ni recordabas el porque, pero olvidaste todo eso cuando la viste.
Tal vez el licor rebajado del Old Dinner o las seis cervezas anteriores te predispusieron mal para el encuentro pero me aseguraste que era fea y vieja, que tu idea de un revolcón con carne joven se bajo automáticamente de la carrocería del Súper Cobra ’69 y toda maravilla de la noche se eclipso en la visión de ese flaco cuerpo óseo, poco femenino, a través del parabrisas. Solo un grito salvaje emitió tu reseca boca y aceleraste tu máquina especialmente preparada para ese tipo de fugas. Tenias bronca y mala intención, si hubieras podido arrollarla hubieras culminado la noche satisfecho pero a pesar del volantazo la figura desapareció, seguramente la cuneta acaparo los desproporcionados rasgos que viste con tus pupilas dilatadas y te dejó con esa furia que envolvieron tus palabras al relatármelas luego en El Paso bajo un cartel de neones cariados.
Te cuento ahora, que yo también una vez maneje las estrofas de "Shout at the devil" con Nikki Sixx en mis oídos. ¡Espera! Tal vez estoy refiriéndote algo que sucedió hace muy poco. La carretera se abre ahora frente a mí dejándome escapar del puño eléctrico de la ciudad hacia las sombras de un mundo libre y nocturno, mi mundo de luces altas y árboles rápidos. La aguja marcaba 110 millas. Yo también me encontré con ella y sobre el neón parpadeante en el brillo del capó la vi, no era tan huesuda como dijiste, era bella y letal, devoraba macadán y estrellas. Una hermosa muchacha de cabellos sincronizados con el viento y la noche. No tuve miedo, en mí, el alcohol no produce el fenómeno del grito. En dos breves décimas de segundo inyecté 287 cm3 de nitro, una onza de vida, al IronBlock de mi Charger, un Dodge ’71 negro como un animal nocturno, y aceleré a fondo.
Ella continúo flotando a escasos centímetros de mi parabrisas, tenía un rostro delicado y de bello color marfil, los ojos eran un fuego verde que hería mi alma. El Charger continuaba acelerando por una avenida infinita que se poblaba de árboles espectrales. A través de sus vestiduras yo observé un seno pálido e imposible, y un pezón con un piercing en forma de cruz invertida. El rock and roll de la radio tomaba la cadencia de inmenso tren negro lanzado hacia el infierno. Mi sangre humana y perecedera también fue inyectada al turbo compresor, recorriendo conductos recalentados, mangueras sedientas, un siseo de pequeñas burbujas rojas, cavitación. Enamorado aún de ella, alcancé a ver las llamas que se alzaban desde mis Goodrich de 14 pulgadas, lenguas mortales que lamían ya las ventanillas y la pintura de mil dólares, ya luego solo escuché la explosión y ella me tomo muy fuerte de la mano.


Los ríos

Si un día, todos los ríos, solo por ego,
elevaran sus cauces hasta el génesis,
perderíamos la huella de los tiempos,
carentes de referencias sobre la piel.

El río es un río y más que río,
Es serpiente que orada la espesura,
collar que engalana la corteza.
El río cuando es río, suena a río.

Si un día, todos los ríos, por despecho,
remontaran sus piedras cuesta arriba,
la montaña sería el Olimpo inalcanzable
y el hombre creería en poemas inmortales.

El río come al río y alimenta al río,
Es caníbal de su vientre emponzoñado,
caudal que no se doblega ante la piedra.
El río que reluce en río, es un dios río.


31 julio 2013

Dos mitades nocturnas

        El insecto marrón y el insecto rojo se batirán a duelo el día de hoy, en lo espeso de la fronda del jardín. Han sido convocados los padrinos, un par de tunantes luciérnagas que también proveen la fosforescencia del espectáculo. El insecto marrón sufre en su despecho por un amor no correspondido pero que mancilla su noble nombre de escarabajo de amargas cortezas. Su contraparte roja, un pequeño coleóptero de legumbres amarillas, muestra su sonrisa probóscide como si no importara el tamaño de su oponente ni el peso tremendo de sus apéndices que tranquilamente podrían partirlo en dos mitades nocturnas y comestibles. No sospecha el grandullón, que las luciérnagas fueron levemente seducidas por unas libaciones de néctar fermentado, y que la noble dama en discordia, una tímida avispa, esa misma mañana de abril le había hecho entrega al alfeñique, no sin ciertos arqueamientos tentadores de sus pestañas, de una espina de naranjo hábilmente untada con la ponzoña de su propio aguijón de enamorada.


Libros

Tengo que dejar de acumular tantos libros,
tengo que dejar de soñarlos poco a poco.
Y escribir ahora aunque quiebre mis dedos,
aunque deba abrir mis ojos para siempre.

Las viles novelas y las vastas enciclopedias,
se precipitan desde los estantes de mi vida,
de Benedetti  toman su inquieta geografía
y este suelo ya es más que Borges y su eco.

Debería pues, quitar los libros de mi vista,
sus innumerables letras que me indignan.
Y fingir que la mejor poesía ya fue escrita,
y que mis miembros desistan su existencia.

El más ligero párrafo de Conrad me duele,
Stevenson, Poe, se escapan de mis noches,
Melville pincela de blancura todo lo terrible
y Lovecraft me señala que la llama purifica.

Tengo que dejar de acumular tantos libros,
tengo que dejar de soñarlos poco a poco.
Y escribir ahora aunque quiebre mis dedos,
aunque deba abrir mis ojos para siempre.


Escenarios

Había una vez un pájaro muy quieto, triste y solo en un jardín vacío, aumentando la soledad de la tarde o ignorando círculos de despedida. Y el anciano Fao Wei en el sosiego de esa tarde, solo hablaba del amor mirando la silueta del ave o escribiendo su nombre en la arena, lejos de la orilla y de la ola que se ha ido.
Había una vez un pájaro Que quebró su vuelo herido de angustia y perdió su cielo y perdió sus nubes tratando de llegar al jardín místico del sueño. Y el anciano Fao Wei cantaba melodías y en el viento sembraba, recorriendo la playa desnuda de caracolas y desprovista de tiempo.
Había una vez arcoíris de plumas y alas en el aire, pero cuerpo viejo olvidado de trinos; y el pájaro eligió el jardín, su más hermoso deseo. Y el anciano Fao Wei, alguien tan triste y solo como el pájaro en la tarde, pero sin su consuelo, ni su libertad de morir a cualquier hora, en cualquier suelo.
Había. Había amor y sol en ese cielo; se desgranó la arena, se deshizo una nota en el silencio y grito el viento sin pausa. Había Ya no hay. Se ha retirado del escenario el anciano Fao Wei junto al ave solitaria,  pero vacío y carente de la simpleza de su sueño.


Second Life

El lugar existe, yo lo he visto con mis ojos cansados,
y he trazado círculos de silencios y piedras antiguas.
He caminado bajo una llovizna que no humedece.
Y un día, te esperé, un día que es todas las tardes.