15 diciembre 2020

El amor hasta el fin

 

Esa noche, desde el faro, vi pasar el primero de los icebergs, un fantasma de tamaño mediano, quizás unos cincuenta kilómetros de largo por treinta de ancho. Los sonares indicaban que su volumen por debajo del agua no era tan grande, solo se trataba de una placa deslizante que se estuvo derritiendo milla tras milla. Lo perseguí con los binoculares durante varias horas, anoté sus características y cuando comenzó a amanecer lo perdí. Era mi última noche, luego vendrían dos días de descanso. En el ascensor, al bajar del faro, vi otro destello hacia el sur sobre el oleaje. La frecuencia había aumentado, las alertas eran constantes. Arriba, frente a los controles, mi relevo ya lo estaría midiendo y catalogando.

Dos días en Puerto Madryn. Con Ella.

La beso. Y siento como los pequeños y cálidos solenoides ondulan la piel dentro de sus labios siliconados. Es un cosquilleo que nos envía vital información a los dos. A Ella le dice la medida de mi respuesta, la presión, mis sitios de preferencia; a mí me trae el sabor de un recuerdo, de una primera vez en abril, de un silencio compartido. Siento un olor suave a aceites industriales debajo del perfume usual. Me responde al instante, solícita, y escucho como sus cavidades se llenan de aire y lo sueltan lentamente sobre mis mejillas. Incluso observo que, tímidamente, vibran las aletas de su nariz y un rubor tenue pero constante invade sus capilares sanguíneos.

Pero no sé si es sangre. Lo dudo.

Por un momento, sospecho, Ella analiza mi rechazo. Ese procesamiento le debe llevar una milmillonésima de segundo. No le cuesta nada, por eso no almacena la variable y vuelve a tener un pequeño sobresalto cada vez. Un pequeño desliz que es como un juego entre los dos. Ella lo advierte y se suelta del abrazo. Siento que cede la presión de sus dedos. De todos a la vez. Siempre es con delicadeza, pero sé que sería capaz de estrangular sin ninguna dificultad o quebrar un brazo. He considerado que quizás lleve un historial y la prueba es solo para mí.

Se incorpora de la cama, desnuda, y se dirige pensativa hacia la cocina; luego cambia de opinión y corriendo apenas las cortinas se pone a espiar la calle que discurre cinco pisos más abajo. Apenas si ha hecho algún ruido, solo un deslizar, un roce como de una tela áspera y pesada. Su cuerpo regordete, pero bien proporcionado refleja las luces exteriores de una manera especial, como si tuviera una suave capa de laca. Sus pechos son perfectos y simétricos, eso seguramente la delataría. Miro como mueve los ojos, inquisitiva y con su cuello acompaña los pequeños movimientos corrigiendo o compensando ángulos. Luego, más tarde, me contará algunos detalles o me describirá los colores del atardecer.

Siempre parece estar atardeciendo. No importa la hora del día.

Me quedo acostado, el cuerpo todavía entumecido después de los tres turnos nocturnos. En uno de los altísimos faros de alerta, sobre la costa. Siento las piernas como dos muelles oxidados. Los informes dicen que las aguas están subiendo más deprisa de lo pronosticado. Grandes bloques de hielo de cientos de kilómetros de longitud se han desprendido de la barrera de Larsen C, quizás los últimos, ya que casi toda la Antártida está al descubierto y por las fotos que hemos visto, se parece bastante a Nepal: altas cadenas montañosas, elevada erosión y millones de pedazos de rocas puntiagudas. De todos modos también las aguas en ascenso la están cubriendo. Recuperamos un continente para perderlo bajo el agua.

Miro a Ella y pienso si no estará haciendo comparaciones con la fascinante “compañera” de Julián. Su departamento está justamente frente al nuestro y los mediocres, pero de buena factura, ojos de Ella suelen recorrer sus ventanales y ser partícipes de todos los detalles. Julián es un Jefe de Faros, yo soy solo un operador. Él tiene otros privilegios y buenos contactos dentro del Proyecto SATHA. Su posición le permite obtener mejores concesiones como un departamento nuevo de dos ambientes y una hermosa esposa a elección. Ella la observa con detenimiento. Algunas tardes solemos conectar los ojos a la pantalla de la pared y nos entretenemos en espiar, sacar conclusiones y especular sobre la extraña vida sexual de la pareja.

La línea de Altos Faros aprovecha los acantilados y cabos patagónicos más elevados. Arranca desde Comodoro Rivadavia hacia el Norte, hasta Puerto Madryn. Los faros de más de doscientos metros de altura fueron instalados en los cabos San Jorge, Aristizábal, Dos Bahías, San José, Raso, en Punta Tombo y en Punta Castro. Son parte del SATHA, Sistema de Alerta Temprana de los Hielos Antárticos. Desde las alturas, donde solo imperan los vientos, la soledad y la lluvia, se monitorea el movimiento de los icebergs fragmentados de las grandes barreras de hielo y del mismo continente helado. Mapas satelitales, sonares sísmicos que también nos entregan la altura del mar al detalle y por sobre todo la observación visual clásica, gigantescos binoculares para vigilar el tránsito silencioso de los fantasmas blancos.

La factoría que produce las acompañantes las entrega con un manual técnico y otro de uso. Por supuesto nadie los lee. Nos basamos en comentarios y conocimientos heredados sobre el comportamiento. Qué música prefieren, qué les gusta mirar (son dispositivos muy curiosos, como los gatos-droides), las posiciones sexuales y los temas de conversación precargados, que a veces son motivo de bromas inocentes y sonrisas. Algunos las prefieren mudas. Acostumbrados al silencio de los faros, eligen compañeras calladas y melancólicas. Otros, los que vienen de Buenos Aires, quieren que los androides les hablen de fútbol, de las ruinas de Mar del Plata o les relaten noticias del Nuevo Congreso, esas reliquias del pasado. El espectro sexual es amplio y se ajusta al gusto de los usuarios. Son las nuevas formas del amor.

Los gobiernos han dictaminado que el hombre no esté solo.

Lo que no dice el manual es si son a prueba de agua o si pueden nadar. Nunca mencionan esas cuestiones y a nadie le ha llamado la atención. Se bañan a diario como cualquiera de nosotros y huelen bien, como recién salidas de una lavadora. Jabón y perfumes suaves. Por el aliento se detecta si algo no anda bien, un aroma conductores quemados o a aceite de lubricación; son las alarmas para llevarlos de inmediato al service. Todas las ciudades de la costa tienen pequeños talleres donde se realizan las reparaciones “livianas”. Conozco esos lugares. Por algo más complejo se las envían a la Capital, pero nadie desea eso, nadie quiere estar sin compañía.

Ya bastante solo se está en los faros.

Me he quedado dormido. Me incorporo sobresaltado. Ella está de pie al lado del teléfono. No lo toca, solo lo observa chillar y vibrar sobre la cómoda llena de fotos de aves y animales extinguidos. Su rostro denota preocupación auténtica. Llego hasta el teléfono como si caminara sobre algodones. El llamado es de Bahía Blanca, de la Jefatura del Proyecto, una voz que no reconozco. Han saltado todas las alarmas, algo ha colapsado bajo los últimos hielos del mar de Weddell, una línea de falla o la irrupción de un lago gigantesco debajo de Larsen ha provocado un temblor desprendiendo toda la masa y generando un enorme maremoto. Han perdido contacto con todos los faros hacia el sur, me piden por favor que mire la terminal porque los drones ya están transmitiendo lo que sucede en los alrededores de Puerto Madryn.

Enciendo la pantalla, pero ya lo considero un acto inútil. Por las ventanas se avista una oscuridad crepuscular que asusta. Hacia el golfo ya no se divisan las luces de ningún faro. Pienso que pasará con el tendido eléctrico de la costa. Noto algo más extraño, falta un brillo y me doy cuenta que las aguas se han retirado varios kilómetros hacia el interior. Las ventanas del departamento de Julián están cerradas. Un dron sobrevuela el Parque Eólico Madryn y apuntando hacia la playa muestra una imagen de espanto. Un muro se alza gigantesco y avanza, más oscuro que la noche. Ya se ha tragado la península y penetra atronando en el Golfo Nuevo. En segundos cubrirá toda la ciudad.

Ella me toma de la mano. Siento los pequeños servomotores de sus nudillos sobre mi piel. Ha elevado por instinto su temperatura y sus mejillas cambian de color. Por un instante me pregunto si sabrá nadar, hasta que siento que me abraza y me besa suavemente envolviendo mis labios, pero olvida mi nariz. Está aferrada a la ventana y no la soltará y yo miro sus ojos mientras el agua oscura nos cubre. Luego en el silencio acuático, veo como sus ojos se encienden e iluminan nuestro cuarto, ahora submarino, donde los objetos sobrevuelan en espirales, mientras me rindo ante su amor y me abandono en sus brazos.

Al abrir mis ojos le sonrío y dejo escapar las últimas burbujas. Me doy cuenta que yo también estoy respirando bajo el agua.