19 mayo 2014

Odiseo y Circe

Odiseo nunca quiso abandonar a Circe, Odiseo amaba a Circe. En esos dominios hechizados, parajes de la mítica Eea que la maga pobló de animales a su antojo (bestias que desprovistas de su cárcel humana serian totalmente amistosas), el héroe, no sin culpa, tal vez fue un hombre feliz. El canto del aedo ciego inventa o afirma otras teorías.
En su deambular por las vastas arboledas de la isla, entreviendo quizás desde el monte o desde un frágil puente, la mansión de piedra que fuera palacio y cubil de la diosa y también osera de mansas bestias; Odiseo tuvo tiempo de pensar y reconsiderar, su corazón no pocas veces habrá lanzado un largo suspiro.
Ítaca estaba lejos, sus riquezas, sus pastos mansos un recuerdo dorado; más cerca estaba Capri (en la que habitaron gigantes) o Lípari (las islas de los vientos) El laertíada conocía como la palma de su mano esas provincias bien administradas. Años de travesías encallecerían su piel y su ingenio, el Mediterráneo entero no le fue desconocido. En esas lejanías y soledades, Penélope también fue una isla.
Poetas mayores y menores consideraron de Ítaca, un hogar, un puerto, la isla en cuya bahía dormían seguras y tranquilas, naves de roja proa, sin embargo fue un poeta ciego el que dijo, que la isla era una belleza al atardecer, una ironía. Tierra rica, Ítaca, en bosques y alimentos, también en hombres de mar, símbolo del retorno del héroe tras los diez largos años del sitio cruento de las crónicas.
Troya, para Odiseo, fue y será, un canto de guerreros llenos de cicatrices y las payasadas de un tal Aquiles que se le acercó no pocas veces como amigo. Helena, como muchas mujeres, una motivación y una incógnita. Héctor y Paris, los peones de un tablero de ajedrez que les resultaba extraño, el primero sabía que esa guerra no era la suya, solo una escaramuza de egos y de dioses, y estos exigían sacrificios. El caballo de madera, solo una alegoría de que no existen las cosas imposibles o las ciudadelas totalmente inexpugnables, quizás una picardía que terminó siendo edificio u hoguera.
Penélope no es Circe. Circe logra con encantamientos y experiencia lo que los cosméticos de Esciro (que llevarían al pélida a la guerra) o las mieles de Creta no logran. Penélope en cambio, para la cual veinte años de espera ya pesan demasiado, harta de pretendientes, también opta por la soledad y las labores. Ha encanecido y los largos paseos por las faldas del monte Nérito sellan su corazón; su vista a agotado los horizontes marinos; quizás Odiseo nunca regrese, se interroga o se contesta.
Circe no descubrió la parte animal del Rey de Ítaca, más seguro es, que atisbara el corazón endurecido o las viejas suturas de su cuerpo tras una noche de libaciones y canticos hipnóticos. Circe nada sabe de triángulos amorosos, solo toma lo que el Thalassa le trae a sus costas, Penélope sospecharía de sirenas y otras féminas, el cuerpo también es una moneda de intercambio en el Mediterráneo. Circe, como mujer tenía los instrumentos, como hechicera, la carencia de un hombre de la talla de Odiseo. Circe miró el pozo de su alma, y vio un maduro rey inquieto.
Las flechas y el arco (regalo de Ífito, el argonauta) tuvieron su patina de abandono y el interés de los orines del bronce, la cuerda de tendones seguramente fue ajustada las primeras semanas, luego, lentamente, fue olvidada. Nada había en la isla que las mansas bestias no consiguieran para el sostén de la mesa o las labores. Las armas todas, terminaron herrumbradas en una habitación vacía o un taller dedicado al informe Hefesto. Los navegantes encontraron la paz y un sopor que les fue grato y como resultado de esa abundancia y el descanso, se afincaron.
Seguramente Odiseo y no la maga, optó por hacer durar un año la estadía. Hesíodo y Xenágoras afirman que de dicha unión carnal los frutos fueron tres niños, lo que nos habla de que la permanencia fue ciertamente más prolongada y los amores más sinceros. De Penélope, en Ítaca, el canto nos cuenta una historia distinta, la que llega hasta nuestros días, seguramente en vida, ignoró la mayoría de las aventuras del héroe.
Otras teogonías cuentan versiones más de novela o policial negro, distanciadas muchos años del día aquel, en que con el sol del Mediterráneo brillando sobre los aparejos del barco que jamás tuvo un nombre, Odiseo, al avistar la isla de la maga ordena echar el ancla y descender. Su corazón cansado ya le decía que toda espera merece la pena, toda maduración de un momento lo alejaba de las Moiras, del destino; El héroe sabia, que una mujer primero muestra sus armas (en este caso la mitad de la tripulación fue bestializada) y luego invita a su cálido lecho. Solo más tarde en la comunión de las soledades y los relatos (sobre esto también ejercería su sabiduría Sherezade), surgiría el amor.

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